Religión y espiritualidad


Dicen que hay del orden de 700.000 especies de insectos que pasan por el estado de pupa, que a veces se llama crisálida, antes de desplegarse y volar. Nacen para vivir volando, pero sin alas para volar, y han de tomarse su tiempo: se fabrican una cápsula, se encierran en ella como en un mundo misterioso y mágico, se transforman dentro lentamente, brotan las alas y crecen primorosamente dibujadas, sienten la llamada irresistible del aire y de las flores, y saben que es su momento: “Nací para volar, nací para las flores”.
Entonces se deciden y rompen su cápsula de oro (“crisálida” viene del griego chrysos que significa “oro”), se desprenden de ella como si no fuera más que un peso muerto, y se echan a volar. No sé quién les enseñó ni cómo se apañan, pero es asombroso ¡y lo hacen con tanta sencillez! Es el mundo maravilloso de la vida en metamorfosis, y yo lo veo como una parábola. El mundo está lleno de parábolas sutiles y simples. El mundo es una inmensa parábola, familiar e increíble. Una parábola de la Vida, del Misterio, de Dios.
El camino espiritual es como la historia de esa mariposa que fue oruga y luego crisálida y ahora vuela libre y se embriaga de néctar. ¿No sucede algo así con la religión y la espiritualidad? ¿No ha de ser la religión como un conjunto de formas provisionales en constante metamorfosis hacia el Espíritu? ¿No necesitamos romper la cápsula de la religión, necesaria en su momento, para poder vivir en Espíritu y en Verdad? No se me malinterprete. No quiero decir que la espiritualidad, en su desarrollo, deba simplemente eliminar la religión, como la crisálida su cápsula. No quiero decir que la forma necesariamente impide ser y manifestarse al Espíritu, ni que el Espíritu necesariamente desecha la forma. No conozco una espiritualidad sin forma. No, pero ninguna forma religiosa –credos, cultos, códigos–, ninguna forma es el Espíritu, ninguna forma es la espiritualidad.
¿Qué cosa hay más delicada y espiritual que las alas irisadas de una mariposa? Sí, todo son formas, todo es forma en ellas. Sin embargo, todas las formas no son todo en ellas. Todo es forma, pero la forma no es el todo. Todas las formas son parciales y no cesan de cambiar, como las alas de una mariposa con sus colores vivos, con su nervatura sutil. Pero hay un “todo” misterioso que trasciende todas las formas, aunque no es fuera de ellas.
Admira una vidriera (¡cómo se parecen las vidrieras a las mariposas!): son trocitos de cristal de colores, estañados entre sí. Pero cada una de las formas y el conjunto de las mismas revela un misterio inasible de luz, de belleza, de calor, de ternura. Es lo Real en todo lo real, el Espíritu en todas las formas, Dios en todos los seres. Todos los seres son formas, pero Dios no es una forma, aunque tampoco es “fuera” de las formas, fuera de los seres, fuera del mundo, fuera de ti y de mí. Es el Espíritu misterioso que informa, alienta y abriga. Es la Presencia, es la Palabra, es el Rostro. Es el Misterio. Deja que lo sea; no quieras encerrar el Misterio en ninguna forma, en ningún nombre, en ninguna idea, pues dejaría de consolarte y permitirte volar.
Así es la sutil relación entre la espiritualidad y la religión. “Sí a la espiritualidad, no a la religión” es la consigna en nuestra sociedad occidental europea, cansada (¡con cuánta razón!) de religiones, cansada de creencias, cansada de moral, cansada de miedos, cansada de cruzadas. Nuestras iglesias, espacios tan bellos de luz serena y de piedra silenciosa, empezaron a quedarse vacías en los años 50. Aún vacías –llenas del vacío de todas las cosas que no son el Todo pero son su sacramento– siguen siendo bellas y sagradas, están habitadas por el Misterio que nos acoge a todos (¡ y todos estamos tan necesitados de ser acogidos!).
Pero las iglesias vacías empezaron a ser el síntoma de un éxodo más profundo. Fue quedando desierta la Iglesia, patria espiritual de innumerable gente buena, pero también gigantesco andamiaje histórico sin espíritu y sin vida. Los intelectuales no encontraban inspiración en ella, y la mayoría se fue, muy a menudo en silencio, por pura asfixia espiritual no pocas veces. La gente de izquierda no hallaba en ella eco a sus protestas y esperanzas y, profundamente decepcionados durante siglos, casi todos se fueron.
Los jóvenes no se sentían acogidos por ella en sus críticas y anhelos, y también se fueron, se fueron en masa. No obstante, muchos tuvieron la sensación de que, al irse, se llevaban lo mejor: Jesús de Nazaret con su rebeldía y sus bienaventuranzas. Jesús el profeta inspirado y arriesgado. Jesús el manso y humilde de corazón. “No a la Iglesia, sí a Cristo”, declaraban entonces muchos, para excusar su marcha y no sentirse huérfanos del todo. No les faltaba razón.
Luego, entre los años 60 y 90, se fueron sucediendo otras divisas distintas, testigos elocuentes de la transformación, insospechada como imparable, que se está produciendo en la cultura religiosa del mundo actual, al menos en el Occidente europeo. “No a Cristo, sí a Dios”, alegaron algunos, viendo que Dios podía unir a muchos creyentes separados por dogmas cristológicos (“de la misma sustancia que el Padre”, “naturaleza humana y naturaleza divina”…).
También ellos tenían sus buenas razones, pues era claro que el lenguaje de los dogmas resultaba ininteligible. Pero otros no tardaron en anunciar: “No a Dios, sí a la religión”, pues “Dios” se les antojaba como una estatua muerta o un soberano peligroso, mientras que la religión podía ser algo todavía necesario, un mundo de sentimientos humanos y vivos, más allá y más acá, eso sí, de toda religión establecida o de toda institución religiosa. No carecían de motivos.
Pero mucha gente que, en los años 80 y 90, dijeron “sí a la religión” de ningún modo quisieron volver a la religión de una iglesia medieval, de unos dogmas metafísicos y de un Dios moralista y dualista, separado del mundo y de la vida. Y es eso lo que quisieron expresar al decir “No a la religión, sí a la espiritualidad”. Sí a una espiritualidad mística y laica, liberada de credos y jerarquías. No a una religión apresada en las mallas, tan sutiles y obstinadas, del dogma, de la moral y del poder, o simplemente del miedo. El miedo es muy humano, pero fácilmente deshumaniza. Y donde hay miedo, tal vez haya religión, pero no hay ciertamente espiritualidad, porque el miedo impide respirar y la espiritualidad es respiro. Tienen razón en aquello a lo que aspiran. Es a lo que todos aspiramos.
Sin embargo, yo no creo que sea bueno reivindicar la espiritualidad contra la religión, a no ser que uno haya llegado a aquel estado de plenitud simple, de vacío pleno, en que el Espíritu anima del todo cada respiración y cada paso. No estamos ahí la inmensa mayoría, y es bueno cuidar el rito y la palabra, volver a los textos “sagrados” y los dogmas de siempre para releerlos y dejarnos inspirar; es bueno reunirnos para rezar las oraciones de siempre, para danzar, cantar y callar, para mantener encendida la llamita común de la esperanza, para consolarnos de las penas de la vida y –en el caso de los cristianos–fortalecernos con el pan de Jesús. Pero toda forma religiosa es provisional y relativa. Como escribió el gran teólogo W. Pannenberg, “las religiones mueren cuando fallan sus luces”. ¿No estaremos ahogando la luz y el consuelo del Espíritu en formas religiosas inertes?



Para orar

¡Oh Profundidad infinita que asomas por doquier!,
danos la obertura de la mente y del corazón
para que podamos reconocerte en todo.
Que cada instante sea el camino por el que volvamos a ti
del mismo modo que tú vienes a nosotros en cada situación.
Que todo momento sea la oportunidad y la celebración
de este encuentro que se hace transparente a tu Presencia

(J. Melloni

 

 

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