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Monseñor Osoro anima a tener “el coraje de acercar la Palabra” a to...

Itinerario Diocesano de Renovación

 

 

 

 

 

Por su interés, públicamos de forma íntegra la homilía pronunciada por el arzobispo de Valencia este Miércoles Santo, durante la solemne Misa Crismal en la Catedral, que concelebró junto con cientos de sacerdotes. Monseñor Carlos Osoro dedicó buena parte de su homilía, dirigida especialmente a los presbíteros, a reflexionar sobre la importancia de la Palabra de Dios en la vida cristiana y sobre el Itinerario Diocesano de Renovación.

Querido Don Enrique Benavent, Obispo Auxiliar; Ilmo. Sr. Deán y Excmo. Cabildo Catedral, queridos hermanos sacerdotes y seminaristas; queridos hermanos y hermanas miembros de la Vida Consagrada; hermanos y hermanas en el Señor:

La Misa Crismal, que siempre el Obispo celebra con su presbiterio y dentro de la cual consagra el Santo Crisma y bendice los demás óleos, es como una manifestación de comunión de los presbíteros con el propio Obispo. Con el Santo Crisma consagrado por el Obispo se ungen los recién bautizados, los confirmados son sellados, y se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los Obispos y la Iglesia y los altares en su dedicación. Con el óleo de los catecúmenos, éstos se preparan y disponen al Bautismo. Con el óleo de los enfermos, éstos reciben el alivio en su debilidad. Es una gracia de Dios inmensa, el poder estar hoy aquí reunidos y experimentar la fuerza del Espíritu Santo que actúa y que nos impulsa a anunciar a Jesucristo.

¡Cuántas cosas hemos vivido en este curso! ¡Cuántos momentos hemos tenido la oportunidad  de estar juntos para dedicarnos a lo más apasionante y que define nuestra vida, como es anunciar al Señor, entregar su Palabra, dejarnos hacer por ella, experimentar su presencia real en medio de nosotros! Las Asambleas que hemos tenido en los Arciprestazgos para presentar el Itinerario Diocesano de Renovación, las reuniones sacerdotales que estamos teniendo por Arciprestazgos, otros encuentros que por diversas ocasiones nos dan la oportunidad de estar juntos y conocernos más y amarnos más. Quiero darle gracias al Señor por todas las maravillas que viene obrando en medio de nosotros.

Cuando estamos celebrando esta Misa, que también nos recuerda el sentido de nuestro sacerdocio, se me ofrece la oportunidad de comunicaros alguna palabra que resuma el diálogo que durante este segundo año como Arzobispo de Valencia he mantenido con todos vosotros y que aún tengo con motivo de los encuentros que tenemos en las diversos arciprestazgos donde me estoy reuniendo con todos vosotros. Estos encuentros me están permitiendo conocer más y mejor vuestros trabajos y también las diversas situaciones que vivís. El Señor, que nos ha reunido en la fidelidad y el servicio a esta Iglesia, pone en nuestro corazón el espíritu del amor mutuo. Es precisamente este amor el que nos empuja a conocernos y a comunicarnos los dones que el Señor concede a cada uno en la fe y es precisamente este intercambio el que nos estimula a querernos más. Así caminamos hacia esa comunidad de amor mutuo, hacia esa comunión sacerdotal que se expresa de manera especial en la celebración de la Eucaristía que el Obispo celebra con sus presbíteros.

Hemos iniciado el Itinerario Diocesano de Renovación. Tenemos que verlo como una gracia de Dios. Lo está siendo queridos hermanos sacerdotes, a pesar que puedan existir algunas deficiencias que siempre en el comienzo de algo tenemos y tendremos que superar. El eslogan de este primer ciclo tiene este título: “¡Ojalá escuchéis hoy su voz!” (Sal 95, 7). Nos sugiere y nos llama a vivir en la escucha de la Palabra de Dios. Este primer ciclo, que ha sido dedicado a la convocatoria y puesta en marcha del proceso de renovación y que como todos sabéis consta de tres partes que hemos vivido con especial intensidad: la convocatoria diocesana con la motivación y formación de grupos, la preparación de los animadores de los grupos y la iniciación del trabajo de grupos. Todo este primer ciclo es normal que tenga alguna dificultad de comienzo que si Dios quiere se irá eliminando a través de todas las aportaciones que estáis realizando. Pero lo más importante es que hemos comenzado a ocuparnos de la Palabra de Dios, de leerla, meditarla, interiorizarla, profundizar en lo que esa Palabra dice a mi vida y me impulsa a vivir. Hemos entrado en el camino de la Nueva Evangelización, que es nueva en ardor, en método y en expresión. Para acoger la Palabra de Dios, hemos elegido un método como es la “lectio divina”, que nos impulsa a toda nuestra Iglesia Diocesana a tener una intimidad especial con la Palabra. Es un método muy probado para profundizar y gustar la Pala

bra de Dios y constituye un verdadero itinerario espiritual en etapas. ¡Qué maravillas está produciendo ya! Pues consiste en leer y volver a leer un pasaje de la Sagrada Escritura, tomando los elementos principales, se pasa a la meditatio, que es como una parada interior, en la que el alma se dirige a Dios intentando comprender lo que su palabra dice hoy para la vida concreta; a continuación sigue la oratio que hace que nos entretengamos con Dios en coloquio directo; y finalmente se llega a la contemplatio, que nos ayuda a mantener el corazón atento a la presencia de Cristo, cuya palabra es “lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana” (2 Pe 1, 19). Tened en cuenta que ésta es una manera apropiada de hacer la nueva evangelización, pues la lectura, el estudio y la meditación de la Palabra tienen que desembocar después en una vida de coherente adhesión a Cristo y a su doctrina.Este primer ciclo que estamos viviendo, y que seguirán después otros en los próximos años, me ha recordado en muchas ocasiones dos cosas que nosotros hemos vivido de una manera especial: La primera es el momento de mi ordenación episcopal, cuando sobre mi cabeza y arrodillado se puso durante un rato largo el libro de los Evangelios, era la imagen de quien recibe sobre sí mismo e integra en su vida la enseñanza evangélica para después proclamarla a los demás; la segunda  es esa pregunta que una vez concluida la homilía de vuestra ordenación sacerdotal os hicieron para que manifestaseis vuestra voluntad de acceder al Ministerio sacerdotal y del propósito de vivirlo según la Iglesia. Os decía el Obispo así: “Queridos hijos: antes de entrar en el orden de los presbíteros debéis manifestar ante el pueblo vuestra voluntad de recibir este ministerio”. Y entre otras preguntas se os hacía esta: “¿Realizaréis el ministerio de la palabra, preparando la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica con dedicación y sabiduría?” Y con todas vuestras fuerzas dijisteis así: “Sí, lo haré”. ¡Veis la importancia que tiene la Palabra de Dios en nuestra vida y en nuestra misión!

¡Qué imagen más hermosa la del itinerario diocesano de renovación! Nada más ni nada menos que nos propone situar nuestra vida ante la Palabra de Dios y dejarnos sumergir en la hondura que esta palabra tiene y nos da. La imagen de itinerario o camino es muy frecuente en el Nuevo Testamento y, en particular, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos describe los comienzos de la comunidad cristiana. En la homilía de mi llegada a la Archidiócesis hace dos años, os decía: “caminemos todos juntos, seamos imagen viva del Pueblo de Dios peregrinando”. La vida cristiana tiene siempre una situación de itinerancia. Y lo importante es comprender el punto de partida, la dirección y las etapas sucesivas. Y precisamente es esto, lo que con todos vosotros y el pueblo de Dios quiero realizar. Al leer las páginas del Nuevo Testamento, vemos que en ellas se encuentra la conciencia de un itinerario. De un itinerario que realizamos acompañados y dirigidos por la Palabra de Dios. Así lo indican los distintos nombres con los que son designados los diferentes grupos cristianos: están los catecúmenos que se preparan para el bautismo, los iluminados que han recibido la iluminación bautismal, los discípulos o aprendices, que están aprendiendo, los cristianos llamados maduros, perfectos, que de alguna manera han llegado al final del camino. En la comunidad primitiva eran conscientes de la itinerancia. Y en ese itinerario se encontraba el presbítero, acompañando, alentando.

Queridos hermanos sacerdotes, ¡qué belleza tiene nuestra misión! Tenemos que ser maestros de la fe y heraldos de la Palabra. Jesús resucitado confió a los apóstoles la misión de “hacer discípulos” a todas las gentes, enseñándoles a guardar todo lo que Él mismo había mandado. A toda la Iglesia ha encomendado la tarea de predicar el Evangelio a todos los hombres y esto es algo que durará hasta el final de los tiempos. Es esta convicción la que llena el corazón del Apóstol San Pablo: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y, ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co 9, 16). Para todos nosotros el anuncio de Cristo ocupa siempre el primer lugar. El Obispo es el primer predicador del Evangelio con la palabra y con el testimonio de vida. Y esto mismo incumbe a los presbíteros que viviendo en comunión con él y entre sí anunciamos a Jesucristo. Debemos ser conscientes de los desafíos que el momento actual lleva consigo y debemos de tener la valentía de afrontarlos. El Itinerario Diocesano de Renovación quiere ser un modo concreto de afrontar este momento. Cuando tantos hombres en nuestro mundo y cercanos a nosotros pasan de una relación con Dios, ¡qué belleza tiene la Palabra de Dios que nos introduce a cada uno en el coloquio con el Señor!: el Dios que habla nos enseña cómo podemos hablar con él. Tengamos el atrevimiento y el coraje de acercar la palabra al corazón de todos los hombres.

Queridos hermanos sacerdotes, me lo estáis oyendo muchas veces, pero no por ello he de dejar de decirlo: Tenemos que sumergirnos en la Palabra de Dios y acompañar a los cristianos y a todos los hombres a que se sumerjan, saldrán de otra manera, conocerán la Verdad. Mirad, Cristo es el corazón de la evangelización, cuyo programa “se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene en cuenta el tiempo y la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz. Este programa de siempre es el nuestro para el tercer milenio” (Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio ineunte, 2001). El Papa Benedicto XVI, en la Exhortación apostólica post-sinodal sobre la Palabra de Dios, “Verbum Domine”, nos dice a los sacerdotes: “Dirigiéndome ahora en primer lugar a los ministros ordenados de la Iglesia, les recuerdo lo que el Sínodo ha afirmado: La Palabra de Dios es indispensable para formar el corazón de un buen pastor, ministro de la Palabra. Los Obispos, presbíteros y diáconos no pueden pensar de ningún modo en vivir su vocación y misión sin un compromiso decidido y renovado de santificación, que tiene en el contacto con la Biblia uno de sus pilares… Por tanto, antes de ser transmisor de la Palabra, el obispo, al igual que sus sacerdotes y los fieles, e incluso como la Iglesia misma, tiene que ser oyente de la Palabra… el sacerdote es ante todo, ministro de la Palabra de Dios; es el ungido y enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más profundos del misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros en Cristo. Por eso el sacerdote mismo debe ser el primero en cultivar una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la palabra con un corazón dócil y orante, para que penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva, “la mente de Cristo… Los discípulos son en cierto sentido sumergidos en lo íntimo de Dios mediante su inmersión en la palabra de Dios” (Cf. n. 78, 79, 80).

En este camino que estamos realizando en nuestra Iglesia Diocesana deseo que en esta Misa Crismal, en la que os estoy hablando al corazón, desde el proyecto evangelizador que hemos iniciado en la misma, os quedéis con estas convicciones que a mi modo de ver son fundamentales para nuestro ministerio sacerdotal y para realizar este Itinerario Diocesano de Renovación que hemos iniciado:

1. Para avanzar en la peregrinación por este mundo, todos tenemos que nutrirnos de la Palabra y del Pan de Vida eterna, son inseparables.

2. Urge liberar la libertad, iluminar la oscuridad en la que la humanidad va a ciegas. Jesús nos ha mostrado cómo puede suceder esto: “Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 31-32).

3. La presencia amorosa de Dios, a través de su Palabra, es antorcha que disipa las tinieblas del miedo e ilumina el camino, también en los momentos más difíciles.

4. La meditación de la Palabra desemboca en una vida coherente de adhesión a Cristo y a su Iglesia.

5. Quien escucha la palabra de Dios y se remite siempre a ella pone su propia existencia sobre un sólido fundamento: “Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca” (Mt 7, 24).

6. La Escritura no se lee sólo en un clima académico, sino orando y diciendo al Señor: Ayúdame a entender tu palabra, lo que quieres decirme en esta página.

7. La Sagrada Escritura nos introduce en la comunión con la familia de Dios, hay que leerla en la gran compañía del Pueblo de Dios peregrino, es decir, en la Iglesia.

8. La credibilidad del Evangelio y la eficacia de la labor  apostólica depende en gran parte de la unidad de los pastores, llamados a formar un solo presbiterio, sea cualquiera el puesto  y las responsabilidades de cada uno. Esto nos lo ha pedido el Señor, son suyas estas palabras, “sed uno”.

9. Nuestra misión es la misión de Cristo, ¿cómo ser sacerdote sin compartir el celo del Buen Pastor? No perdamos nunca de vista para qué hemos sido ordenados: para hacer progresar a los hombres en la vida divina. En la oración de consagración se nos dice: “sean honrados colaboradores del orden de los Obispos, para que por su predicación, y con la gracia del Espíritu Santo, la palabra del Evangelio dé fruto en el corazón de los hombres, y llegue hasta los confines del orbe”.

Queridos hermanos sacerdotes, estamos celebrando la Misa Crismal, el Señor se va a hacer presente entre nosotros. Él es la Palabra que se hizo carne. Él nos alimenta y nos hace crecer en sus mismas medidas. La bendición de los Óleos y del santo Crisma, nos hace vivir la acción del Espíritu Santo que se muestra en la fuerza que a los catecúmenos da el Espíritu Santo para renunciar a Satanás y al pecado, en la salud que da a los enfermos, en la unción del Espíritu Santo (“Ungido del Señor”) que los injertados en Cristo reciben en el sacramento de la Confirmación y del Orden. Que en todos el Señor, hoy, renueve nuestra existencia y nos haga oyentes de su Palabra y acogedores de su presencia y de su vida en la nuestra. Amén.

(final en llengua valenciana)

Benvolguts germans sacerdots, estem celebrant la missa Crismal, el Senyor es va a fer present entre nosaltres. Ell és la Paraula que es va fer carn. Ell ens alimenta i ens fa créixer en les seues mateixes mesures. La benedicció dels Olis i del sant Crisma, ens fa viure l’acció de l’Esperit Sant que es mostra en la força que als catecúmens dóna l’Esperit Sant per a renunciar a Satanàs i al pecat, en la salut que dóna als malalts, en l’unció de l’Esperit Sant (“Ungit del Senyor”) que reben els que s’uneixen a Crist en el sagrament de la Confirmació i de l’Orde sacerdotal.

 

Que en tots el Senyor, hui, renove la nostra existència i ens faça oients de la seua Paraula i acollidors de la seua presència i de la seua vida en la nostra. Amén.

 

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