Este domingo celebramos la fiesta de Pentecostés y en la lectura del evangelio escucharemos de labios de Jesús: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Quisiera animar a todos a renovar nuestro ardor evangélico y misionero, en el que tanto nos insiste el Papa Francisco. Para ello os comparto la siguiente meditación. Como es un poco largo pongo el incio de la misma y después el link.

Siempre me ha impresionado el hecho de que el Papa Pío XI nombrara Patrona de las Misiones a santa Teresa de Lisieux (junto a san Francisco Javier). Una monja carmelita de clausura… patrona de las misiones. Parece sorprendente, pero, si uno lee su autobiografía (Diario de un alma), lo llega a entender perfectamente. «Ser tu esposa, Jesús; ser carmelita; ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme... –dice la santa–. Pero no es así... […] siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. […] Tengo vocación de apóstol... Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar tu cruz gloriosa en suelo infiel. Pero Amado mío, una sola misión no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo, y hasta en las islas más remotas... Quisiera se misionero no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de los siglos...».

Ojalá ardiese de este modo en nuestro corazón el afán por hacer realidad el mandato que Cristo nos encomendó a todos los cristianos: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). El Evangelio: la Buena Noticia de la salvación, la esperanza que transforma la vida del ser humano y la llena de sentido. Un ardor que el Papa Francisco quiere renovar en la Iglesia, para hacer de ella una «Iglesia en salida», que «sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos»; una Iglesia que «vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva».

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